Vivo en la intersección de la calle 8 y la avenida 31. Mi manzana es la 13, mi casa la sexta. Es un barrio de viejos, los pocos jóvenes se mudaron para continuar con sus vidas o comenzarlas. Mis abuelos, con quienes vivo, me cuentan que los últimos jóvenes que huyeron, fueron mis padres, hace ocho años, pero que no pudieron cargar conmigo. Me dicen que cuando llegue el día yo también podré escapar; solo debo estar preparado.
Con 8 años siento que he estado suficiente tiempo aquí. Es aburrido, gris, frío, silencioso, tenebroso. Ni siquiera los árboles son verdes. No hay flores.
Las tardes de aguaceros, en las que mi abuela dice que todo lo sucio se lava, me rescatan.
Me gusta cruzar la calle para empaparme con Julia. Tiene 13 años, pero le encanta jugar conmigo, sobre todo bajo la lluvia.
Nunca bebemos tanta agua como esos días. Solemos recostarnos en el agua estancada, con la boca abierta, nos revolcamos, cantamos, bailamos. Mi abuela dice que todo se limpia con la lluvia, pero yo siempre termino negro. Es que somos los únicos afuera, los viejos temen arrugarse más.
La casa de Julia, en la que vive con su tío abuelo, suele ser la más oscura de todas; sino fuera porque jugamos juntos pensaría que nadie la habita. Es la número 13 de la manzana 18 y su ventana da justo frente a la mía.
Siempre tengo el mismo sueño. Perturbador, inconcluso. Parece que nunca lograré descifrarlo, y lo que es peor, que nunca podré salir de él. Es eterno. Dicen que los sueños son advertencias, que son surrealistas; pero este es tan real, tan grisáceo, que no me atrevo a imaginar lo que esconde realmente.
...Llueve a cántaros. El ruido del agua golpeando con fuerza las tejas de las casas resulta ensordecedor. Mientras mi abuela tapa los espejos de los cuartos de la casa, por si cae algún rayo, mi abuelo duerme acostado sobre la mesa del comedor, arrullado por el caer del agua. La puerta que da a la calle está cerrada.
Ultimamente no me prestan mucha atención, -porque soy más grande o porque no soy viejo-, pero aprovecho el descuido para escapar. Mi abuelo dormido me sonríe.
Llueve a cántaros.
Pego mi cara a la ventana de la casa de Julia, me protejo con las manos para evitar que el agua entre a mis ojos y que el reflejo me moleste. La veo claramente, su tío abuelo también está. La golpea. Una y otra vez, en la cara, con el puño cerrado. Ella trata de defenderse, forcejea; no escucho, pero veo que grita, está enojada, pero él la bota con fuerza contra el suelo y Julia no se levanta más.
La lluvia se intensifica. Él esta furioso, se ve en sus ojos que ahora me miran, siento terror. Llueve a cántaros....
Otra vez estoy asustado, incómodo, mojado, con el mismo dolor alrededor del cuello. El sueño siempre termina ahí.
Cuando bajo las escaleras mi abuelo duerme, pero en su mecedora, mi abuela tapa los espejos como en el sueño. Llueve a cántaros, también como en el sueño. No sé cuantas veces he vivido esto o cuántas lo he soñado.
Cruzo la calle y corro hacia la ventana de la casa de Julia. Está apagada. Miro hacia adentro y no hay nadie, ¿sabrá alguien algo?, ¿habrá alguien visto lo que vi o lo que soñé?
Veo a su tío salir. Luce normal, no se parece al de la escena de ayer. Me escondo para que no me vea, retrocedo poco a poco hasta que una mano helada y tan mojada como estoy yo se posa sobre mi hombro. Es Julia. La miro, está pálida, con los labios morados, pero luce serena.
Su mirada me da paz.
Su mirada me da paz.
- Pensé que tu tío te había hecho daño, le digo, porqué no saliste ayer cuéntame que te hizo... ¿qué te pasó?

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