jueves, 26 de enero de 2012

EL CUARTO 308

(EJERCICIO 002)



Juan ha trabajado en el lugar desde hace treinta años, pero nunca escuchó gritos semejantes. Gemidos, llantos y otra clase de ruidos sí, pero jamás alaridos desgarradores como los de aquella noche. Cada loco con su tema, pensó mientras dio tiempo a que los amantes seguramente concluyan su faena amatoria con tintes sadomasoquistas.

Esa noche la mayoría de parejas abandonó el lugar temprano. Las habitaciones estaban vacías, apagadas y limpias. El área que le tocaba supervisar y arreglar -debido a la escasez de empleados-, la que conducía a los cuartos ambientados en los países más exóticos del mundo, estaba vacía y escasamente iluminada, excepto por la habitación China. La número 308.

Llamó por teléfono, pero nadie contestó; tocó la puerta discretamente, una vez, dos; acercó el oído, no escuchó nada. En seguida notó unas manchas viscosas en el piso, eran huellas que salían de la habitación hacia el corredor donde ahora estaba parado. Las pisadas marcaban el paso hacia la salida. Imposible, pensó, ninguna alarma se había activado.

Empujó la puerta y lo que vio a continuación nunca podrá borrarlo de su mente, ni en treinta años más de trabajo.
El cuarto parecía un Chifa China de esos imperiales, por su decoración y tamaño, en lugar de mesas había una gran cama redonda, con espejos por todos lados que la hacían ver inmensa; un par de biombos; una pequeña sala, china también, decorada con abanicos y dragones; una refrigeradora abierta y un jacuzzi sin usar a uno de los costados de la cama. La escasa luz provenía de dos de esas lámparas redondas de papel, colgadas desde el techo y con hilos en la parte posterior; las cortinas, gruesas, de terciopelo, estaban cerradas; la sábana de satén mostraba pliegues, pero la cama estaba tendida.

La pareja sado se fue sin pagar, pensó lamentándose Juan, hasta que su pie derecho pateó algo al otro costado de la cama, era una cabeza desprendida de su cuerpo, la de un hombre de barba y de unos 50 años. La cabeza manchada y visiblemente golpeada descubrió un gran charco de sangre, que empapaba todo lo que tocaba.
La impresión fue enorme. Solo faltaban el resto del cuerpo, el arma homicida y el asesino.

lunes, 23 de enero de 2012

A G U A C E R O

(corrección 1)

Vivo en la intersección de la calle 8 y la avenida 31. Mi manzana es la 13, mi casa la sexta. Es un barrio de viejos, los pocos jóvenes se mudaron para continuar con sus vidas o comenzarlas. Mis abuelos, con quienes vivo, me cuentan que los últimos jóvenes que huyeron, fueron mis padres, hace ocho años, pero que no pudieron cargar conmigo. Me dicen que cuando llegue el día yo también podré escapar; solo debo estar preparado.
Con 8 años siento que he estado suficiente tiempo aquí. Es aburrido, gris, frío, silencioso, tenebroso. Ni siquiera los árboles son verdes. No hay flores.

Las tardes de aguaceros, en las que mi abuela dice que todo lo sucio se lava, me rescatan.
Me gusta cruzar la calle para empaparme con Julia. Tiene 13 años, pero le encanta jugar conmigo, sobre todo bajo la lluvia.
Nunca bebemos tanta agua como esos días. Solemos recostarnos en el agua estancada, con la boca abierta, nos revolcamos, cantamos, bailamos. Mi abuela dice que todo se limpia con la lluvia, pero yo siempre termino negro. Es que somos los únicos afuera, los viejos temen arrugarse más.

La casa de Julia, en la que vive con su tío abuelo, suele ser la más oscura de todas; sino fuera porque jugamos juntos pensaría que nadie la habita. Es la número 13 de la manzana 18 y su ventana da justo frente a la mía.

Siempre tengo el mismo sueño. Perturbador, inconcluso. Parece que nunca lograré descifrarlo, y lo que es peor, que nunca podré salir de él. Es eterno. Dicen que los sueños son advertencias, que son surrealistas; pero este es tan real, tan grisáceo, que no me atrevo a imaginar lo que esconde realmente.

...Llueve a cántaros. El ruido del agua golpeando con fuerza las tejas de las casas resulta ensordecedor. Mientras mi abuela tapa los espejos de los cuartos de la casa, por si cae algún rayo, mi abuelo duerme acostado sobre la mesa del comedor, arrullado por el caer del agua. La puerta que da a la calle está cerrada.
Ultimamente no me prestan mucha atención, -porque soy más grande o porque no soy viejo-, pero aprovecho el descuido para escapar. Mi abuelo dormido me sonríe. 
Llueve a cántaros.
Pego mi cara a la ventana de la casa de Julia, me protejo con las manos para evitar que el agua entre a mis ojos y que el reflejo me moleste. La veo claramente, su tío abuelo también está. La golpea. Una y otra vez, en la cara, con el puño cerrado. Ella trata de defenderse, forcejea; no escucho, pero veo que grita, está enojada, pero él la bota con fuerza contra el suelo y Julia no se levanta más.  
La lluvia se intensifica. Él esta furioso, se ve en sus ojos que ahora me miran, siento terror. Llueve a cántaros....

Otra vez estoy asustado, incómodo, mojado, con el mismo dolor alrededor del cuello. El sueño siempre termina ahí.
Cuando bajo las escaleras mi abuelo duerme, pero en su mecedora, mi abuela tapa los espejos como en el sueño. Llueve a cántaros, también como en el sueño. No sé cuantas veces he vivido esto o cuántas lo he soñado.
Cruzo la calle y corro hacia la ventana de la casa de Julia. Está apagada. Miro hacia adentro y no hay nadie, ¿sabrá alguien algo?, ¿habrá alguien visto lo que vi o lo que soñé?
Veo a su tío salir. Luce normal, no se parece al de la escena de ayer. Me escondo para que no me vea, retrocedo poco a poco hasta que una mano helada y tan mojada como estoy yo se posa sobre mi hombro. Es Julia. La miro, está pálida, con los labios morados, pero luce serena. 
Su mirada me da paz.
     
 - Pensé que tu tío te había hecho daño, le digo, porqué no saliste ayer cuéntame que te hizo... ¿qué te pasó?
   
 - Tranquilo, me dice, tú también lograste escapar.





miércoles, 18 de enero de 2012

A G U A C E R O


(ejercicio 001)

Siempre tengo el mismo sueño. Perturbador, inconcluso. Parece que nunca lograré descifrarlo, y lo que es peor, que nunca podré salir de él. Es eterno. Dicen que los sueños son advertencias, que son surrealistas; pero este es tan real, tan grisáceo, que no me atrevo a imaginar lo que esconde realmente.

Vivo en la intersección de la calle 8 con la avenida 31. Mi manzana es la 13, mi casa la sexta. Es un barrio de viejos, los pocos jóvenes se mudaron para continuar con sus vidas o a comenzarlas. Mis abuelos, con quienes vivo, me cuentan que los últimos jóvenes que huyeron, fueron mis padres, hace ocho años, pero que no pudieron cargar conmigo. Me dicen que cuando llegue el día yo también podré escapar; solo debo estar preparado.

Con 8 años siento que he vivido suficiente aquí. Es aburrido, gris, frío, silencioso, tenebroso. Ni siquiera los árboles son verdes. No hay flores.

...Llueve a cántaros. El ruido del agua golpeando con fuerza las tejas de las casas resulta ensordecedor. Mientras mi abuela tapa los espejos de los cuartos de la casa, por si cae algún rayo, mi abuelo duerme sobre la mesa del comedor, arrullado por el caer del agua. La puerta que da a la calle está cerrada.
Ultimamente no me prestan mucha atención, -porque soy más grande o porque no soy viejo-, pero aprovecho el descuido para escapar. Mi abuelo dormido me sonríe. 
  
Las tardes de aguaceros, en las que mi abuela dice que todo lo sucio se lava, me gusta cruzar la calle para empaparme con Julia. Tiene 13 años, pero le encanta jugar conmigo, sobre todo bajo la lluvia.
Nunca bebemos tanta agua como esos días. Solemos recostarnos en el agua estancada, con la boca abierta, nos revolcamos, cantamos, bailamos. Mi abuela dice que todo se limpia con la lluvia, pero yo siempre termino negro. 
Es que somos los únicos afuera, los viejos temen arrugarse más.

La casa de Julia, en la que vive con su tío abuelo, suele ser la más oscura de todas, sino fuera porque jugamos juntos pensaría que nadie la habita. Esa tarde está toda iluminada. Parece una escena navideña.

Su casa es la 13 de la manzana 18 y su ventana da justo en frente de la mía.
Por la ventana veo que su tío la está golpeando, ella trata de defenderse y forcejea, no escucho pero veo que grita está enojada, pero él la bota al suelo y ella no se levanta más.
La lluvia se intensifica. Él esta furioso, se ve en sus ojos que ahora me miran, siento terror... 

Despierto asustado, incómodo, mojado. El sueño siempre termina ahí.
Cuando bajo las escaleras mi abuelo duerme, pero en su mecedora, mi abuela tapa los espejos como en el sueño. Llueve a cántaros, también como en el sueño. No sé cuantas veces he vivido esto o cuántas lo he soñado.
Cruzo la calle y corro hacia la ventana de la casa de Julia. Está apagada. Miro hacia adentro y no hay nadie, ¿sabrá alguien algo?, ¿habrá alguien visto lo que vi o lo que soñé?
Veo a su tío salir. Parece normal, no se parece al de la escena de ayer. Me escondo para que no me vea, retrocedo poco a poco hasta que  me topo con una mano helada y tan mojada como estoy yo, que se posa en mi hombro. Es Julia. La miro está pálida, pero luce serena.

- Pensé que tu tío te había hecho daño, le digo, porqué no saliste ayer cuéntame que te hizo... ¿qué te pasó?
- Tranquilo, me dice, tú también lograste escapar...